martes, 29 de julio de 2025

Dios, ¿estás en Gaza?

En los primeros meses de 1994, la ONU y varios países europeos retiraron sus fuerzas de mantenimiento de la paz en Ruanda. Esta retirada permitió que el genocidio contra los tutsi se prolongara sin oposición durante tres meses. A pesar de que se registraban hasta 10.000 muertes por día, la conciencia europea permaneció impasible. Los ruandeses quedaron completamente desprotegidos ante la violencia: cerca de un millón de personas fueron asesinadas en ese corto tiempo.
El General canadiense Roméo Dallaire, comandante de los cascos azules en Ruanda, relató su experiencia en 2003 bajo el título Shake Hands with the Devil: The Failure of Humanity in Rwanda (J'ai serré la main du diable: la faillite de l'humanité au Rwanda). En ese testimonio estremecedor, denunció la indiferencia internacional ante el genocidio de los tutsi y confirmó que la Humanidad había sido derrotada en Ruanda.
Desgraciadamente, en 2025, la humanidad enfrenta nuevas derrotas morales. En Gaza, niños y bebés mueren de hambre, atrapados en una crisis humanitaria devastadora en la que parecen regocijarse los norteamericanos y hebreos. Los periódicos informan (La historia de la foto de Hedaya y su bebé, una de las imágenes más impactantes de la hambruna en Gaza - BBC News Mundo). La televisión filma y me trae a la mesa cadáveres frescos de niños. La comunidad internacional observa, mientras fuerzas militares israelíes mantienen un bloqueo que impide el acceso a alimentos, agua y medicinas. La historia parece repetirse: vidas inocentes sacrificadas ante la pasividad de la Comunidad Internacional.
El tren de la dignidad occidental parece precipitarse al vacío. Pensé que, tras su vergonzosa parada en Ruanda, había sido reparado. Pero hoy lo veo avanzar, caótico, por Gaza, donde un genocida mata de hambre a bebés mientras Europa confunde la realidad con la ficción.
No va conmigo”, murmuran algunos. “No depende de mí”, se excusan otros. “Yo no puedo hacer nada” se ha convertido en el mantra que arrastra las últimas vergüenzas de los europeos. Y mientras tanto, pareciera que muchos norteamericanos, judíos y árabes buscan más cadáveres infantiles en Gaza para su deleite. ¿Cómo explicar, si no, que su indignación no sacuda la conciencia de sus presidentes?
¿Hay alguien allí? Humanidad, ¿estás allí? Dios, ¿estás allí? Nietzsche proclamó que “Dios ha muerto” para denunciar la pérdida de fe en los valores tradicionales y la moral cristiana. Sartre, en “El existencialismo es un humanismo”, afirmó que la inexistencia de Dios implica que el hombre no tiene una esencia predeterminada, y que es libre de crear su propio significado y moralidad.
Hoy, en la cuna del judaísmo, del cristianismo y del islam, esa libertad que alguna vez prometió redención parece haberse transformado en indiferencia. La moral se desvanece, y el silencio de Dios, una vez más, se vuelve cómplice. Como durante el Holocausto en Alemania, cuando seis millones de judíos fueron exterminados por un régimen que convirtió la burocracia en maquinaria de muerte. Como durante el genocidio armenio, cuando más de un millón y medio de personas fueron deportadas, asesinadas y silenciadas por el Imperio Otomano. Como durante el genocidio de los tutsis en Ruanda, donde en apenas cien días fueron masacradas más de 800.000 almas, mientras el mundo miraba hacia otro lado. Hoy les toca a los gazatíes.
En 2025, los bebés mueren de hambre mientras los convoyes humanitarios son bloqueados. Familias enteras caminan kilómetros bajo fuego cruzado por un saco de harina. La ayuda se convierte en trampa, y el pan, en sentencia de muerte. Y la Humanidad, esa palabra que alguna vez significó esperanza, ni está con ellos ni se espera allí. Hay días en los que uno se avergüenza de pertenecer a la raza humana.

jueves, 10 de julio de 2025

La postmodernidad

A finales de los años noventa del siglo pasado, solía debatir con mi amigo Pierre Kaziri sobre el “carpe diem”, la posmodernidad según el filósofo italiano Gianni Vattimo y el fin de la historia propuesto por el estadounidense Francis Fukuyama. Éramos entonces universitarios en la eternamente bella Salamanca. “Vivir y dejar vivir” parecía ser el lema reivindicativo de algunos compañeros. La principal preocupación de muchos jóvenes era: “¿Con quién salgo de marcha o de botellón este fin de semana?”. Ni siquiera se interesaban por hacer el amor. Beber toda la noche y dormir todo el día era su única aspiración. El resto de los acontecimientos, simplemente, “se la sudaba”.

Nuestros compañeros no se identificaban con Prometeo, aquel que robó el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres. “¿Qué saco yo de esta mierda?” y “¿para cuándo lo mío?” eran sus respuestas ante cualquier propuesta altruista. En los noventa, muchos jóvenes occidentales vivían como si ya no existieran grandes causas que merecieran su entrega. Primero yo, después yo, y por último, yo. Este individualismo radical sigue minando, incluso hoy, a los pueblos menos contaminados por la globalización del individualismo. Hablamos, pues, de la generación posmoderna.

Diversos estudios filosóficos coinciden en una misma conclusión: el hombre posmoderno se burla de Sísifo, aquel condenado por los dioses a empujar eternamente una roca cuesta arriba, solo para verla caer una y otra vez. Así se sentía el europeo de la posguerra: reconstruyendo su casa, su vida y su patria, hasta que algún iluminado de turno lo reducía todo a escombros. Tal vez por eso los posmodernos no juegan a la guerra: no tienen grandes relatos que justifiquen semejante entrega crística. “Que los dioses se queden con su puto fuego, y si Sísifo quiere, que cargue solo con su maldita piedra”.

El posmoderno quiere vivir como el bueno de Narciso: encarnación de la juventud, la felicidad inmediata, la vida a tope. “¿Para qué soñar con futuros vanos y asumir esfuerzos que acabarán en fracasos?”. Dejemos la piedra donde está. Dejemos el fuego a los dioses, que tal vez -con un poco de suerte- se quemen y nos dejen vivir en paz.

Ideas principales de la postmodernidad

El drama de las sociedades occidentales es que la muerte de Dios precipitó la asfixia mortal de la Razón, desapareciendo completamente cualquier referencia fundante que fuera incuestionable y permitiera el equilibrio personal y social. Hoy por hoy vivimos en un mundo fragmentado, arrastrados por las novedades tecnológicas que nacen con fecha de caducidad. Nuestro saludo obligatorio es “¿qué hay de nuevo hoy, viejo?”. Nuestro leitmotiv es que “lo que no caduca no nos interesa”. Es la era de los Smartphone y mensajería instantánea, la era de reflexionar después de actuar. Pareciera que pensar con rigor es un trabajo aburrido propio de los cobardes. Los valientes no piensan ni actúan: sólo sienten el momento presente.

  • La posmodernidad no es una época que se halle después de la modernidad como etapa de la historia. No es un tiempo cronológico ni de la historia ni del pensamiento. Es una condición humana determinada, una filosofía de vida y de estar ante la vida. François Lyotard explica la postmodernidad como “una emancipación de la razón y de la libertad de la influencia ejercida por los grandes relatos, los cuales siendo totalitarios, resultaban nocivos para el ser humano porque buscaban una homogeneización que elimina toda diversidad y pluralidad”.

  • La postmodernidad decretó la muerte de los grandes relatos. Todo empezó con el toque romántico del mayo 68. Más tarde, distintos pensadores empezaron a teorizar sobre los cambios sociales en Occidente. Lyotard certificó la muerte de los grandes relatos en “La condición postmoderna”. Según él, todos los grandes relatos se revelaron como proyectos fallidos y perdieron su credibilidad debido a que ninguno de ellos consiguió cumplir lo que prometía. No le falta razón. Falló el relato cristiano que prometía la salvación a través de la redención divina. Falló el relato ilustrado de la emancipación a través de la luz de la razón y de la educación de las masas. Falló el relato liberal-burgués basado en el progreso indefinido de la ciencia y de la técnica. Falló el relato marxista de la abolición de la injusticia a través de la socialización de los medios de producción. Así pues, la postmodernidad no hace más que certificar el fracaso estrepitoso de la utopía de todos los grandes relatos. Adolfo Vásquez Rocca escribe que “el hombre postmoderno no cree ya los metarrelatos, el hombre postmoderno no dirige la totalidad de su vida conforme a un solo relato, porque la existencia humana se ha vuelto tan enormemente compleja que cada región existencial del ser humano tiene que ser justificada por un relato propio, por lo que los pensadores postmodernos llaman microrrelatos”.

  • La Postmodernidad es la era del neocapitalismo. El ideólogo neoliberal, Francis Fukuyama, aprovechó la muerte de los grandes relatos para decretar el fin de la historia como conflictividad, como gran relato de sucesos que enfrentan a unos hombres con otros, a unos grupos sociales con otros. Presentó el sistema de libre mercado y de la democracia liberal como únicas formas posibles de organización de la convivencia humana ante la ausencia de mejores alternativas a la vista. Pensó que sólo el capitalismo iba a ser capaz de cumplir la utopía soñada: un mundo rebosante de bienes materiales para una humanidad cada vez más numerosa y cada vez más proclive a consumir todo cuanto esté a su alcance. A pesar de la actual crisis económica, los hijos de la postmodernidad afirman orgullosamente que nunca antes el mundo había disfrutado de niveles de bienestar tan altos (aunque las desigualdades sociales nunca habían sido tan escandalosas).

  • La posmodernidad es la época de la simulación. Jean Baudrillard diferencia “simular” y “disimular”. Disimular es fingir no tener lo que se tiene. Quien disimula, intenta pasar desaparecido. Pero quien simula, aparenta ser quien no es, poseer lo que no tiene. Busca crear una imagen de algo inexistente. En este contexto de la simulación, parece lógico que desaparezcan las grandes figuras carismáticas y surjan infinidad de pequeños ídolos (los famosos) que duran hasta que surge algo más novedoso y más atractivo.

  • Adolfo Vásquez Rocca afirma que “la postmodernidad es aquel momento en que las dicotomías se difuminan y lo apócrifo se asimila con lo oficial”. El desmoronamiento de las creencias religiosas y la irrelevancia de las ideologías tradicionales en la vida de los ciudadanos occidentales han provocado la construcción de una sociedad del “así y también asá”, del “esto vale y aquello también”, del culto a las ambivalencias. Muchos asumieron que si Dios no existía todo estaba permitido, y tarde se dieron cuenta que habían perdido el norte y que no les quedaba más remedio que someterse al más fuerte que irónicamente suple la ausencia de Dios. Es lo que llamamos la fragmentación de Dios en pequeños dioses que van turnando en las plazas públicas para enseñarnos el camino y de paso, trincar lo económicamente trincable.

Conclusiones simplificadas sobre la postmodernidad

Si nuestra sociedad fuera perfecta, personalmente apreciaría el romanticismo de la corriente postmoderna. Me parecería interesante vivir al día como un gorrión, sin hipotecar mi presente y disfrutando de un “orgasmo breve pero intensamente satisfactorio”. Tal vez por eso las aspiraciones del postmoderno se reducen al “me gustaría”.

1. El postmoderno envidia la vida del gorrión

La vida de un gorrión es la de un ser pegado a una rama cualquiera, en una calle cualquiera, preocupado simplemente por ir tirando con las migajas de pan o las semillas que han caído al suelo, no se sabe cómo ni cuándo. Es una vida cutre, sí, pero real y concreta. El ideal postmoderno se reduce a alcanzar el orgasmo. Más allá del orgasmo no hay más que ataduras: triquiñuelas sociales que nos condenan a la eternidad.

2. El postmoderno quisiera ser eternamente menor de edad

Los analistas del comportamiento humano coinciden: la posmodernidad ha engendrado un mundo de sujetos anónimos, asociales, apáticos, acríticos e indiferentes, que delegan sus responsabilidades sociales y políticas en los expertos -técnicos, políticos profesionales, el FMI, el Banco Mundial, las agencias de calificación, las diputaciones, etc-. El rasgo principal de estos sujetos es la infantilización generalizada: la eterna permanencia en la minoría de edad mental. Nacer en casa paterna, crecer en casa paterna y morir en casa paterna.

3. El postmoderno pertenece a la “generación del depende”

Como no hay matrimonios eternos, ningún compromiso puede ser absoluto. Todo debe ser estrictamente contextual: “Yo, aquí y ahora, digo esto y me comprometo a esto”. La subjetividad es la única guía; la fragmentariedad, el único criterio; la provisionalidad, el método de trabajo. Si la verdad no existe, los hechos tampoco. Todo es verdad, todo es falso: depende del contexto. Todo lo que podemos afirmar no son más que interpretaciones. Todo es lenguaje. No hay criterios únicos de validez; todo depende del momento y del lugar.

4. El postmoderno pertenece a la generación del “no me toques, no te toco, vivamos en paz”

Sueña con la coexistencia pacífica de estilos, entre la tradición y la modernidad, entre lo local y lo global. El posmodernismo es el relajamiento de las ideologías duras, que ya no tienen cabida en nuestro día a día. “Si quieres ir a la guerra, manda a tu puta madre”, escribió alguien en un pupitre universitario durante la segunda guerra del Golfo. (“El primer golfo fue el padre”, me comentó un manifestante del “No a la guerra” en Madrid). El postmoderno es un individuo flotante y tolerante, que pasa la mayor parte de su vida en la confluencia de múltiples identidades. Si eres negro, disfruta de tu color de piel. Si eres blanco, también. No te avergüences ni te enorgullezcas por algo que no elegiste. Y si lo elegiste y te resulta una carga, déjalo en la siguiente estación. Procura disfrutar de lo que ya tienes, aquí y ahora.

Observaciones personales sobre la postmodernidad

De todo lo analizado sobre la posmodernidad, constato lo siguiente:

  • Que las sociedades tradicionales descansaban sobre un centro simbólico único -Dios o las ideologías- que garantizaba su identidad y cohesión, impidiendo su desintegración.

  • Que la expulsión de Dios de las plazas públicas ha provocado el desprecio hacia los grandes relatos.

  • Que las esperanzas de que la razón ocupara el vacío dejado por Dios fueron efímeras.

  • Y que, finalmente, estamos asistiendo a la frustración de muchos que creyeron que la estabilidad económica prometía cielos nuevos y tierras nuevas.

Por tanto, está claro que si no existe ninguna referencia fundante incuestionable, si las ideologías se han vuelto irrelevantes, el dinamismo de una sociedad queda en manos del primero que se acerque a las grietas sociales para romperlas en pedazos.

La filosofía posmoderna, abanderada últimamente por el italiano Gianni Vattimo, defiende “vivir sin justificaciones” en esta “tercera ola” en la que, según sus defensores, solo hay dos opciones: adaptarse o morir. A esta corriente la llaman “pensamiento débil”, y abogan por acomodarse a las circunstancias sin pretender transformarlas. “Pensamiento débil significa que la racionalidad cede terreno y retrocede a la zona de sombra”, remarca Vattimo.

A mi modo de ver, en las últimas décadas algunos pensadores occidentales han estado flirteando con la atractiva idea de vivir y dejar vivir, el carpe diem, el pasar de todo, el sexo sin amor, el whisky sin soda, el hacer el amor y no la guerra, el rechazo de los grandes relatos, el fin de la historia, vivir en el new age sin ninguna referencia a realidades absolutas que sirvan de pilares angulares. Y esta propuesta, con todos mis respetos, me parece peligrosa para las mentes no suficientemente formadas en las trampas dialécticas.

Pretender “vivir sin justificaciones” es una trampa mortal. Pretender crear “claridades imposibles” no aporta nada a la humanidad. A mi juicio, la filosofía posmoderna ofrece morfina a un acatarrado para poder amputarle las piernas. Pretende adormecer las conciencias mientras potencia la esclavitud.

Algunos sostienen que predicar el “pensamiento débil” es propio de ambientes de derecha, que prefieren prometer -al explotado- cielos nuevos y tierras nuevas después de su muerte. Esto sería discutible si aún existieran los grandes ideales. Hoy día, sindicato y patronal almuerzan en la misma mesa y se emborrachan en los mismos bares. Ya no resulta fácil distinguir quién es de derecha y quién de izquierda, porque el mercado ha globalizado incluso los vicios.

Y si eso no fuera suficiente, llega Vattimo y sus acólitos para aconsejarnos el “pensamiento débil”, que no es más que la debilidad del pensamiento. O como escribió Antón Baamonde, un simple “pensamiento trágico”. Claro que es trágico vivir sin dirigirse a ninguna parte. “La filosofía no puede ni debe enseñar a dónde nos dirigimos, sino a vivir en la condición de quien no se dirige a ninguna parte”. Pero siempre hay un espabilado que aprovecha la confusión para enseñarnos el camino que más le conviene (y de paso, trincar todo lo trincable). Como repetía Alfonso López Quintás: “Si el pueblo no tiene conciencia, vamos a darle conciencia”.

Bibliografía sobre la postmodernidad

Uno de los últimos trabajos sobre la postmodernidad que me parece interesante es del profesor Adolfo Vásquez Rocca: “La Postmodernidad. Nuevo régimen de verdad, violencia metafísica y fin de los metarrelatos” en Nómadas. Revista crítica de ciencias sociales y jurídicas, 29 (20011.1).

  • ANDERSON, Perry, Los orígenes de la posmodernidad. Anagrama. Madrid, 2000.

  • JAMESON, Fredric. Teoría de la posmodernidad. Madrid: Trotta, 1996.

  • JAMESON, Fredric : El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, Paidós, 1991.

  • LIPOVETSKY, Gilles. La era del vacío. Barcelona, Anagrama: 1986.

  • LYOTARD, Jean-François. La Condition Postmoderne. Paris: Minuit, 1979

  • LYON, David (1996). Postmodernidad. Madrid: Alianza.

  • LYOTARD, Jean-François (1995). La posmodernidad (explicada a los niños) Barcelona: Gedisa.

  • VATTIMO, Gianni (1994). La sociedad transparente. Barcelona: Paidós.

viernes, 13 de junio de 2025

Guía para la Integración de Inmigrantes en España

 Introducción a la Integración Sociolaboral

tu trabajador social

La integración de inmigrantes en España es un proceso complejo que implica una serie de desafíos y oportunidades. En el contexto actual, donde la movilidad internacional es cada vez más común, entender cómo residir y trabajar legalmente en este país se ha convertido en una necesidad primordial. El sitio web Tu Trabajador Social, dirigido por Elie Ayurugali, ofrece valiosa información y recursos para facilitar este proceso.


Pasos Esenciales para Residir y Trabajar Legalmente

Para los inmigrantes que desean establecerse en España, existen trámites administrativos fundamentales que deben cumplirse. Desde obtener el Número de Identificación de Extranjero (NIE) hasta solicitar el permiso de trabajo adecuado, cada paso es crucial. La orientación de un experto en trabajo social puede marcar la diferencia en la experiencia del inmigrante. En 'tu trabajador social', se delinean estas etapas, garantizando que los inmigrantes comprendan sus derechos y obligaciones en el nuevo entorno.

La Búsqueda de Asilo en España

Un aspecto significativo que aborda Elie Ayurugali es el procedimiento para solicitar asilo en España. Para aquellos que buscan protección internacional, entender el proceso es vital. Los solicitantes deben presentar una solicitud detallada, demostrar su necesidad de protección y seguir las pautas establecidas por el gobierno español. En la sección específica sobre asilo del sitio web, se proporciona información detallada que ayuda a los solicitantes a navegar este complicado trámite.

Además, implementar estrategias de integración sociolaboral es fundamental para asegurar que los inmigrantes no solo se ajusten culturalmente, sino también tengan acceso a oportunidades laborales que les permitan contribuir a la sociedad española. El trabajo social juega un papel esencial al crear vínculos entre las comunidades locales y los inmigrantes, ayudando a superar barreras culturales y lingüísticas.

Conclusión

En resumen, el sitio web 'tu trabajador social' es una herramienta invaluable para todas aquellas personas interesadas en la integración de inmigrantes en España. Con un enfoque en proporcionar información clara y accesible, Elie Ayurugali se posiciona como una figura clave en este sector. Entender cómo residir y trabajar legalmente, así como el proceso de asilo, son pasos críticos para quienes desean establecerse en este país y contribuir a su diversidad cultural y riqueza social.

sábado, 3 de mayo de 2025

La resiliencia

La resiliencia
La vida, en su esencia más pura, es un viaje lleno de desafíos inevitables que constantemente nos recuerdan nuestra condición de seres frágiles y finitos. Los momentos de dificultad, trauma y angustia son inherentes a la experiencia humana, y aunque a menudo resultan dolorosos, también son fundamentales para nuestro desarrollo personal y emocional. Estas experiencias nos obligan a confrontar nuestra vulnerabilidad, pero también nos ofrecen oportunidades valiosas para aprender y crecer. Estos desafíos nos recuerdan constantemente que somos seres finitos y que vivir implica caminar en la fragilidad. Cada experiencia que acumulamos a lo largo de nuestra existencia nos enseña lecciones valiosas y nos ayuda a crecer como individuos, como seres resilientes. Pero, ¿cómo entendemos el concepto "resiliencia"?

La resiliencia es un concepto complejo y multifacético que ha sido estudiado por diversos teóricos, aportando perspectivas únicas sobre cómo las personas pueden superar las adversidades. Desde el análisis social de Manciaux, pasando por el enfoque neurobiológico de Cyrulnik, hasta el énfasis comunitario de Ortega González y Mijares Llamoza, cada contribución enriquece nuestra comprensión de este fascinante fenómeno. Comprender la resiliencia no solo nos ayuda a apoyar mejor a quienes enfrentan dificultades, sino que también nos informa sobre cómo construir sociedades más fuertes y resilientes.


Dos enfoques

La capacidad de una persona para manejar y recuperarse de un evento traumático depende de varios factores, incluidos la resiliencia personal, el entorno de apoyo, y experiencias previas. Algunas personas pueden efectivamente procesar y superar el trauma sin desarrollar patologías como el insomnio, desequilibrio en el tránsito intestinal, pesadillas, o recuerdos intrusivos.

Desde la perspectiva norteamericana, la resiliencia se entiende como un proceso de afrontamiento. Es la capacidad que permite a las personas mantenerse intactas a pesar de enfrentar situaciones adversas. Este enfoque enfatiza la importancia de mantener la estabilidad emocional y psicológica durante los períodos de turbulencia vital.

En este contexto, la resiliencia a menudo se asocia con la capacidad de adaptación. Las personas resilientes utilizan una variedad de estrategias de afrontamiento para enfrentar el estrés y las dificultades. Estas estrategias pueden incluir desde el apoyo social hasta técnicas de auto-cuidado y manejo del estrés

Por otro lado, el enfoque francés sobre la resiliencia pone el énfasis en la capacidad de iniciar un nuevo desarrollo vital después de un acontecimiento traumático. La resiliencia, según este enfoque, no es solo una cuestión de mantener la homeostasis emocional, sino de evolucionar y desarrollarse a partir de la experiencia traumática. Boris Cyrulnik [(132) Versión Completa Resiliencia el dolor es inevitable el sufrimiento es opcional Boris Cyrulnik – YouTube] considerado como uno de los teóricos del término «resiliencia» lo explica de la siguiente forma: «on est hébété par un traumatisme, qu’est-ce qu’on fait? Si on ne fait rien, on reste hébété. Et si on se débat pour se remettre en vie, c’est le processus de résilience. La résilience, c’est reprendre un autre type de développement après une agonie psychologique». Mientras la resiliencia consiste en retomar un nuevo desarrollo después de una agonía psíquica, la recuperación implica un retorno gradual hacia la normalidad funcional.

Hablar de un crecimiento después de una experiencia traumática puede ser una visión inaceptable y obscena para muchas personas porque lo deseable es prevenir este tipo de situación para que no se produzca el daño psíquico o social. Lamentablemente, el ser humano se enfrenta continuamente a desgracias, a situaciones anormales que pretenden bloquearle el paso. Los relatos autobiográficos y las trayectorias vitales confirman la aparición de, al menos, un suceso traumático, que haya necesitado ser encajada para no impedir que la persona siga desenvolviéndose con eficacia en su entorno. Por tanto, es innegable la existencia del trauma (el suceso dañino) y del traumatismo (la representación del trauma).

Para emprender un nuevo tipo de desarrollo después de una agonía psicológica es necesario encontrarse en un nicho seguro que desencadene un gran número de procesos de resiliencia. Boris Cyrulnik explica que la muerte de la madre, la depresión materna sea cual sea su origen, su propia historia, un trauma no resuelto, una familia disfuncional, la violencia conyugal, la precariedad social, una guerra o el colapso cultural son distintas fuentes que contribuyen al establecimiento de un nicho pobre en torno al niño. Si queremos activar la resiliencia, será necesario disponer de un nicho seguro que acelere la sanación y provoque un nuevo desarrollo vital.

La literatura especializada en este ámbito señala algunos pilares de la resiliencia como la autoestima consistente, la introspección (preguntarse a sí mismo y darse una respuesta honesta), la independencia, la capacidad de relacionarse, la iniciativa, el humor, la creatividad, la moralidad y la capacidad de pensamiento crítico. De ahí que una personalidad resistente se caracterice por la seguridad en uno mismo, seguridad en la propia capacidad de afrontamiento, el apoyo social, el tener un propósito significativo en la vida y la creencia de que uno puede influir en lo que sucede a su alrededor y creer que se puede aprender de las experiencias positivas y negativas.

En conjunto, estos pilares forman la base de la resiliencia, capacitando a las personas no solo para resistir adversidades, sino también para emerger de ellas fortalecidas y mejor preparadas para futuros desafíos. Por eso la resiliencia es fruto de la interacción entre el individuo y su entorno. El punto de partida es ralentizar la cotidianidad, evitando cualquier fuente de ansiedad. Esta situación favorece la creatividad, la generación de nuevos estímulos sanadores y el fortalecimiento de la persona.


Conclusiones

En primer lugar, debemos aclarar que no toda persona que haya sido expuesta a una situación traumática desarrolla necesariamente un trastorno de estrés postraumático u otras patologías (insomnios, tránsito intestinal desequilibrado, pesadillas o recuerdos intrusivos). Es fundamental entender que las experiencias traumáticas afectan a cada individuo de manera diferente, y la severidad de la respuesta puede variar significativamente.

En segundo lugar, para que una vivencia desencadene una respuesta de estrés que pueda derivar en situación traumática dependerá de la evaluación de las capacidades y recursos que tengamos para hacerla frente y la naturaleza de la propia adversidad. La sensación de control, la capacidad de predecir los acontecimientos, la percepción de que las cosas mejoran, la presencia de salidas a la frustración o la existencia de redes de apoyo sociales entre otros pueden reducir el impacto del estrés en nuestro bienestar (retrieve (comillas.edu)).

En tercer lugar, debemos insistir en que la resiliencia es una realidad confirmada por muchas trayectorias existenciales e historias de vidas exitosas. Conocemos niños, adolescentes, familias y comunidades que «encajan» shocks, pruebas y rupturas, y las superan y siguen desenvolviéndose y viviendo -a menudo a un nivel superior- como si el trauma sufrido y asumido hubiera desarrollado en ellos, a veces revelado incluso, recursos latentes y aun insospechados (Michel Manciaux: La resiliencia: ¿mito o realidad?).

En conclusión, la resiliencia, como confirmamos a través de numerosas trayectorias vitales y testimonios, es una realidad que permite a individuos, familias y comunidades no solo enfrentar adversidades, sino también desarrollarse y prosperar. A través de la superación del trauma, muchas veces se descubren recursos y capacidades que quizá permanecían latentes, demostrando que la resiliencia es una habilidad fundamental para la vida.

La resiliencia no trata solo de volvernos al estado anterior al trauma, sino de alcanzar un estado de mejora y crecimiento personal. Aquellos que han experimentado adversidades a menudo reportan niveles más altos de autoconocimiento, empatía y habilidades para la resolución de problemas. Estos son ejemplos que refuerzan la idea de que, para muchas personas, la resiliencia es una realidad palpable y no solo un concepto teórico.