miércoles, 9 de abril de 2025

La fragilidad de la vida

La fragilidad de la vida
La mayor parte de nuestro tiempo no estamos atentos a los acontecimientos que realmente configuran nuestra forma de pensar y de comportarnos tanto públicamente como en nuestra intimidad. Las prisas de una sociedad programada, informatizada y mecanizada hacen que seamos parte de una gran máquina que mueve ordenadamente todas sus piezas a través de un poder misterioso. Si no hay sorpresas o contratiempos, todo parece normal. Acudimos puntualmente a nuestro trabajo. Procuramos aprovechar nuestro descanso bien merecido. Arreglamos, como podemos, los baches que van surgiendo en nuestro entorno. Aceptamos que la vida es una lucha continua y vamos aplazando las preguntas más profundas que pudieran incomodarnos. Confiamos en que si hoy las cosas no van bien, mañana irán mejor. Pero conviene tener en cuenta que cada día que vivimos es un paso más hacia nuestra muerte.

Nacemos a destiempo

Todos sabemos que el ser humano es uno de los seres vivos más desvalidos entre los mamíferos superiores. Su salida del útero materno tiene lugar en un momento de inmadurez biológica. El recién nacido tiene que ser protegido por sus allegados durante un período escandalosamente más prolongado que en el caso de cualquier otro mamífero. En muchas culturas se le otorga el estatus de autonomía cuando cumple ni más ni menos que los dieciocho años de vida. Dieciocho años es mucho tiempo. Biológicamente y culturalmente nacemos a destiempo, pasando del seno materno a la matriz cultural que nos acoge y nos va introduciendo en la conflictividad vital. Durante este proceso de encarnación social nos encontramos más necesitados que el resto de los animales. Ni siquiera somos capaces de defendernos contra cualquier tipo de violencia como el hambre, el frío, el calor o la enfermedad. Un recién nacido abandonado a su suerte no sería capaz de sobrevivir mucho tiempo.

Somos animales inacabados

Juan Masía Clavel sostiene que el ser humano es un “animal inacabado” que se expone a los aspectos de maduración y de autodestrucción individual y colectivamente; a los aspectos de lucidez y de prejuicios; a los aspectos de avances y decadencias. Su nueva vida no tiene fuerza en sí misma: cuenta con la necesaria ayuda de sus progenitores porque francamente, como dice Ignacio Larrañaga, “sin desearlo él mismo, lo echaron a participar en esta carrera. No puede dejar de participar ni salir de la carrera. Saldrá de ella, no cuando él quiera, sino cuando lo saquen. Más aún: no solamente tiene que participar de una carrera no deseada; sino que tiene que hacerlo con un caballo que no es de su agrado” y esperar la muerte con resignación. Este final nos plantea muchos enigmas antropológicos: ¿qué sentido puede tener una existencia abocada a la inexistencia; una vida condenada al aniquilamiento; una unidad que avanza hacia su descomposición?

¿Somos inmortales?

Los antropólogos dualistas que separan el cuerpo del alma sostienen que el cuerpo muere y que el alma es inmortal. Los monistas, sean espirituales o materialistas, también constatan la muerte del cuerpo. Quienes consideramos que el ser humano es una unidad psicosomática, que la persona no tiene cuerpo, sino que es cuerpo, también constatamos la muerte del ser humano. Aunque nuestra experiencia no va más allá de la observación del nacer y del morir de otras personas, tenemos la seguridad de nuestra muerte. Es más: la previsión anticipadora de nuestra muerte afecta nuestro actual modo de situarnos en el mundo. La desaparición de las personas queridas nos hace vivir intensamente la muerte y concebir mejor la nuestra. Incluso para “los que parecen hijos de otro dios”, la muerte patentiza su vulnerabilidad. Lo habitual es que el combate final se lleve a cabo en soledad.

La muerte es un proceso

Muchos estudios sostienen que la muerte no es un momento, es un proceso. El proceso biológico comienza muy pronto. El organismo se va deteriorando. Una dolencia lo acelera. Una enfermedad terminal lo precipita. Albert Camus dice que “los hombres mueren y no son felices”. Las desgracias causadas por la violencia de la naturaleza (tormentas, inundaciones, terremotos, huracanes, el dolor, la vejez, la enfermedad, el Covid) nos recuerdan constantemente lo frágil, ambiguo y vulnerable que es nuestra vida. Hay una especie del proceso biológico del vivir caminando hacia el morir, y a través del morir, hacía tal vez el sobrevivir. Mientras tanto lo que nos urge es saber cómo caminar con armonía y serenidad en este mundo que nos ha tocado vivir, sabiendo que el secreto de la vida es la muerte.

Nota final

Todas las experiencias que vamos acumulando a lo largo de nuestra existencia nos avisan constantemente que vivir es caminar en la fragilidad. Cuando parece que todo va bien, una enfermedad nos amarga la fiesta. Cuando parece que todo está perdido, la suerte nos sorprende con una nueva oportunidad. No debemos dar todo por hecho porque la incertidumbre del futuro suele ser generosa.

Estamos siempre en situación y en tensión. Caminamos sobre un puente que en cualquier momento puede hundirse bajo nuestros pies. Habrá quienes prefieran pensar en el lado más alegre de la existencia y caminen como si mañana no vayan a morir. Otros tenderán a ver el cielo nublado aunque la realidad diga lo contrario. Unos y otros olvidan que la vida es un camino de fracasos y éxitos, que mientras unos celebran el nacimiento, otros empiezan el funeral.

Nacer y morir forman parte de un mismo proyecto que, al final, se podrá valorar a partir del recorrido que media entre ambos. Por eso la trama del porqué de la vida no se resuelve al nacer o al morir sino en el día a día. En este día a día es donde colocamos nuestras reflexiones. Si antes de nacer había algo o si después de morir hay alguien esperándonos son realidades que nos trascienden y que dejamos en manos de la reflexión escatológica.

miércoles, 2 de abril de 2025

El Mito de Sísifo

Con el mito de Sísifo trataremos de ver cómo caminar con alguien consciente de que toda su vida ha sido un fracaso y que todo lo que hace no tiene sentido. Es necesario evitar entrar en un callejón sin salidas, pero sabemos que hay quienes acaban entrando en ese callejón y se quedan atrapados en su propia historia, lejos de las grandes avenidas donde las idas y venidas de los demás parecen estimular el propio viaje. Creo que el mito de Sísifo es un buen relato que puede ofrecernos pautas para mantenernos firmes dentro de la absurdez de la vida.

El mito de Sísifo habla de un trabajo inútil y sin esperanza

El Mito de Sísifo
Según el mito de Sísifo, Sísifo fue condenado por los dioses a empujar eternamente una roca hasta lo alto de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Ellos habían pensado, con cierta razón, que “no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza” (cfr. Albert Camus, El mito de Sísifo). Albert Camus recoge varias versiones sobre los motivos que llevaron a Sísifo a ser “el trabajador inútil de los infiernos”: para algunos autores, Sísifo reveló los secretos de los dioses. Para otros, encadenó la muerte y esto disgustó mucho a Plutón. Otros autores afirman que Sísifo, en trance de muerte, quiso poner imprudentemente a prueba el amor de su esposa. Le ordenó que arrojara su cuerpo insepulto en la plaza pública. Sísifo acabó en los infiernos por no haber recibido buena sepultura, y allí, irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, consiguió permiso de Plutón para regresar a la tierra con el objetivo de castigar a su mujer. Pero cuando volvió a ver el maravilloso rostro de este mundo no quiso regresar a las sombras infernales y fue necesario un decreto de los dioses que le devolvió por fuerza a los infiernos donde su roca estaba ya preparada. Su castigo fue dedicarse a subir una piedra hasta lo alto de la montaña repetidamente porque cuando la piedra llega a la cima se precipita hacia abajo. Esta condena es “un suplicio indecible en el cual todo el ser se dedica a no rematar nada”. Aunque lleva una existencia rutinaria cargada de vértigo, náusea y absurdez, Sísifo no se plantea tirar la toalla: “cuando abandona las cimas y se hunde poco a poco hacia las guaridas de los dioses, Sísifo es superior a su destino. Es más fuerte que su roca”. Se siente capaz de cumplir serenamente su castigo.
Albert Camus comienza su razonamiento afirmando que “juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía”. Casi siempre que solicito una impresión personal acerca de esta afirmación, quienes se encuentran en mi círculo de relaciones reaccionan con rechazo diciendo que no están de acuerdo porque la vida es maravillosa y siempre merece ser vivida. Cuando profundizamos más en nuestra conversación vemos que en ningún momento ellos se han interrogado serenamente sobre el sentido de la vida. Les recuerdo la posibilidad y la crudeza de la muerte. Coincidimos con la sabiduría popular que dice que los muertos descansan en paz. Aceptamos que el mero hecho de contemplar la posibilidad de la muerte como un descanso eterno redimensiona el sentido de la vida: el que asiste serenamente al moribundo le cierra los ojos mientras susurra el “descanse en paz”. La muerte, es decir, el descansar en paz se convierte en un deseo, una oración, un consuelo. Pero no deja de ser frustrante que no podamos oír y agradecer los mejores deseos de nuestros seres queridos. Cuando los vivos sueltan el “descanse en paz” se rebelan conscientemente o inconscientemente contra la vida terrenal y ponen toda su esperanza en la muerte. Tal vez por eso los cristianos profesamos que la muerte es redentora. Posiblemente sea la mejor forma que tenemos para reconocer la fragilidad de esta vida caduca.

El mito de Sísifo nos habla de un ser humano que busca el sentido de su vida que el mundo rara vez le ofrece

De las conversaciones con mis allegados puedo concluir que cuando alguien se plantea el sentido de su vida inicia un camino que la mayoría de las veces no es un camino de rosas. El ser humano busca el sentido de su vida que el mundo rara vez le ofrece. Un número considerable de personas que se interrogan sobre el sentido de la vida acaban decepcionadas. Descubren que una vida condenada al fracaso difícilmente puede tener un sentido positivo. Vivir se convierte entonces en caminar conscientemente hacia un descanso eterno. Ciertamente, debemos ser conscientes de la caducidad de nuestra existencia y aceptar el juego de la vida y no retirarnos si no es necesariamente imprescindible porque “las verdades aplastantes desaparecen al ser reconocidas”. Los seres conscientes sabemos que no hay que suicidarse aunque la vida no tenga sentido. No vivimos tristes porque sabemos lo que hay y no esperamos nada: “los tristes tienen dos razones para estarlo, ignoran o esperan”.

¡Hay días en que realmente uno no siente ganas de vivir!

Vivir conscientemente no es nada fácil. Una simple mirada a la realidad de nuestro entorno nos confirma que hay muchos problemas en el mundo y a la mayoría de los ciudadanos nos duele y nos afecta el mal de nuestros vecinos. Es cierto que el mal de muchos puede ser consuelo para algunos, pero las mentes sensibles se interrogan continuamente por la marcha de nuestro universo que no es, para nada, esperanzadora.
A través de nuestras relaciones cotidianas y a través de los medios de comunicación somos testigos de las distintas agresiones que a lo largo del día sufrimos y sufren nuestros entornos. Se nos encoge el corazón cuando recordamos los distintos acontecimientos que han hecho tambalear los cimientos de la humanidad. Podemos citar solo algunos hechos: el holocausto judío en la segunda guerra mundial, el genocidio de ruandeses en África en los años noventa, el calvario de judíos y palestinos en Oriente Próximo, el dolor de los iraquíes y afganos, acontecimientos apocalípticos como el 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos o los atentados masivos en los trenes de Madrid el 11 de mayo de 2004, terremotos que devastan pueblos enteros en América Latina o inundaciones que ahogan las ganas de vivir en Asia, la pandemia del Covid 19 o la actual invasión de Ucrania. Todos estos acontecimientos y los que cada uno puede recordar reflejan que la humanidad camina en la fragilidad. Vivimos una incesante inseguridad a nivel global que muchas veces se refleja a través de la agresión a la naturaleza y sus consecuencias, amenazas de epidemias y pandemias, la inestabilidad económica, la violencia legal de los estados y las distintas actividades terroristas. Es muy difícil no dejarse contagiar por la ansiedad masiva provocada por la enfermedad de ébola. ¡Hay días en que realmente uno no siente ganas de vivir! No cesan de llamar a nuestras puertas las frustraciones provocadas por las rupturas sentimentales, los conflictos de familiares o de amigos, las ilusiones que no se cumplen o las enfermedades que nos dejan tocados. El ajetreo del día a día y la conflictividad existencial nos recuerdan que la vida es dura en el sentido de su carácter intrínsecamente vulnerable. Sería ilógico negar que caminamos en la fragilidad.
Hay quienes no soportan la crudeza de la realidad y buscan refugio en los tranquilizantes y otros tipos de sustancias que disminuyen la alerta consciente ante la realidad. Si no se trata de un capricho, habría que ser compasivo con ellos. Los enfermos con mucho dolor sienten alivio con una dosis de morfina; los trabajadores necesitan un momento de ocio para desconectar; los tristes se relajan compartiendo un vaso de vino con sus amigos. Todos tenemos derecho a un momento de placidez. Pero la tragedia comienza cuando uno se hace consciente de que el alivio no lo es todo, que el ocio no es el objetivo, que la compañía es temporal. Entonces mira en frente con serenidad y cabeza bien alta. Orgulloso de su vida, espera la hora de la verdad, el último trago de la vida.

Los seres vivos pueden morir, y de hecho mueren

Podemos asumir la vida que nos ha tocado y vivirlas sin más protesta que una simple resignación como hace Sísifo, o podemos vivir la misma en una eterna agonía de quejas e insatisfacción profunda que continuamente molestan a nuestros compañeros de viaje. Optar por uno o por otro estilo de vida es una cuestión personal de consecuencias que deberían ser también personales. Si uno elige vivir apoyándose en algunas sustancias debe ser responsable de sus actos y no mirar de reojo a la sociedad que sigue luchando continuamente para no sucumbir a la tristeza vital. Oigo a compañeros afirmando que “todos tenemos problemas” y que debemos ser conscientes de ello para no considerarnos especialmente visitados por una supuesta maldición personal: “¿por qué a mí y no a otros?”, suelen preguntarse algunos. No me parece grave un desahogo en este sentido. Pero no hay que olvidar que todos tenemos nuestros quehaceres, nuestras ilusiones, nuestras frustraciones, nuestro dolor, nuestros miedos y nuestras batallas cotidianas que van consumiendo nuestras energías vitales. Recordemos que los seres vivos pueden morir, y de hecho mueren. Cuando se agoten nuestros recursos energéticos, tendremos que ser capaces de entregar nuestras armas y proclamar serenamente que “hasta aquí hemos llegado”.

No podemos vivir ignorando que un día moriremos

Somos seres finitos en un tiempo limitado. Obviar este principio puede conducirnos a equívocos de consecuencias inimaginables. No podemos vivir ignorando que un día moriremos. No tenemos posibilidad de participar en nuestro nacimiento, pero podemos preparar conscientemente la carretera que nos lleva al final de nuestros días. Al fin y al cabo, la muerte es un proceso: vivir y morir van de la mano desde que nos hacemos conscientes de nuestra realidad existencial. De hecho lo que nos motiva para vivir puede motivarnos también para morir: “lo que llamamos una razón para vivir es al mismo tiempo una excelente razón para morir”. Esta idea la solemos expresar popularmente diciendo que moriríamos por nuestros seres queridos. En el Antiguo Testamento, los profetas sacrificaban sus vidas en pro de su pueblo. Para los cristianos, Jesús murió para que otros vivieran mejor. El lector habrá notado la diferencia entre matar o matarse para matar con la esperanza de que otros vivan mejor (por ejemplo en el caso de los kamikazes o de los terroristas suicidas), y morir voluntariamente para que otros vivan mejor como en el caso de Jesús o de algunos mártires cristianos. En la España del siglo XIII había cristianos que cambiaban sus vidas por la de los cautivos que se encontraban muy vulnerables tanto al nivel biológico como al nivel espiritual en manos de los musulmanes árabes. Conocemos casos de secuestros en los que el negociador se intercambia por rehenes con la intención de salvarlos. Hay muchas personas que conscientemente ponen sus vidas al borde de la muerte (y a veces mueren) para salvar la vida de los demás. Quienes viven o mueren para que otros vivan mejor es porque paradójicamente tienen razones sólidas tanto para vivir como para morir.

lunes, 31 de marzo de 2025

El poder del optimismo

El poder del optimismo
La tesis principal de nuestra reflexión es que caminamos en la fragilidad y que cualquier ser humano puede caer en el pozo del desencantamiento vital, independientemente de su edad, de su salud física, de su formación académica o de su fortuna económica. Una mala decisión o un paso mal dado pueden arruinar nuestra salud mental en cuestiones de segundos. Una experiencia mal integrada puede ser detonada por un acontecimiento insignificante y provocar desajustes emocionales incontrolables. Siendo así las cosas, la posibilidad de una frustración existencial es tan real como la vida misma. De ahí la necesidad de la fuerza del optimismo para seguir caminando en la fragilidad.

Conviene estar preparado por si tenemos que afrontar estos desajustes emocionales. No olvidemos que las emociones y las conductas están determinadas por los pensamientos. Y esto quiere decir que los desórdenes mentales son el resultado de unos pensamientos negativos: modificando estos pensamientos negativos, podemos minimizar el coste de las perturbaciones mentales y aprovechar mejor la fuerza del optimismo.

Hábitos que minan la fuerza del optimismo

Desde pequeño vamos acumulando sentimientos negativos y percepciones distorsionadas que nos empujan hacia la pista de la autodestrucción: rabia, envidia, ira, odio, codicia, egoísmo, excusas, prisas, desgaste psicológico, tristeza vital, ganas de venganza, pensamientos insanos y otras emociones psicológicamente venenosas. Pocas veces aprendemos a fomentar actitudes vitales de alegría, generosidad, perdón, claridad de ideas, armonía interior, energías positivas y pensamientos creativos que hacen que el gusto por la vida se vaya reactivando continuamente, incluso en los momentos más conflictivos.

La fuerza del optimismo se encuentra en el presente

Tenemos que aprovechar la fuerza del optimismo viviendo conscientemente en el aquí y en el ahora, en el tiempo y en el espacio que nos corresponde en cada momento. No debemos vivir pensando en el pasado porque cuando el pasado no está lleno de fracasos, siembra añoranzas y vivencias infantiles casi paradisíacas que, su única aportación no puede ser más que dañina.

Cuando revisamos nuestra vida, vemos que escasos recuerdos del pasado son creativos: ¿por qué nos empeñamos, entonces, en montar nuestro campamento vital en el pasado? ¿Por qué permitimos que los errores o los éxitos del pasado condicionen nuestro presente? ¿Por qué no somos capaces de vivir en el ahora y en el aquí si somos conscientes de que el presente es el único tiempo vivencial que podemos manejar y que nos coloca en la pista de la programación de lo posible?

La sabiduría popular nos enseña que el agua que ya ha pasado no puede mover el molino. Sin embargo, la mayoría de la gente no llegamos a soltar lastres del pasado y seguimos cargando amargamente con nuestros fracasos, revisando continuamente las facturas pagadas generosamente en su momento, y lo que es peor, dando explicaciones de lo que hacemos o dejamos de hacer. Nos cuesta asumir que querer quedar bien ante la gente es el camino que lleva a la infelicidad, y tendemos a mirarnos en los demás para saber quiénes somos y qué debemos hacer para tener un lugar en este mundo. Pero es agotador vivir instalado en la autovigilancia permanente, intentando cumplir al milímetro las exigencias que no nos corresponden y que además no nos aportan nada positivo.

Establecer nuestra residencia habitual en el presente

Algunos autores sugieren acertadamente que conviene establecer nuestra residencia habitual en el ahora y realizar breves visitas al pasado cuando tengamos que resolver algunos asuntos prácticos de nuestra vida. Personalmente estoy convencido de que algunas ceremonias anuales para recordar los hechos del pasado, sobre todo si fueron traumáticos, no hacen más que reactivar las energías que son completamente destructoras. Quienes, por ejemplo, al recordar el aniversario de la muerte de un ser querido se encuentra sumido en una tristeza vital profunda y prolongada, deberían poner punto final a esta autoflagelación a través de la celebración de un duelo definitivamente sanativo. Si por lo menos con nuestra agonía mental pudiéramos resucitar a nuestro ser querido, tal vez merecería la pena tanto sacrificio. Pero como eso no es posible, la inutilidad de nuestro sufrimiento queda patente.

Seamos resilientes

Los seres humanos tenemos una enorme capacidad para ajustarnos a las circunstancias y recuperarnos emocionalmente de las derrotas y de los hechos traumáticos, siempre que pongamos un poco de nuestra parte. En cualquier caso, es bueno no olvidar que tenemos la posibilidad de tirar hacia adelante o de atascarnos en nuestro pasado. Si elegimos establecer nuestra residencia habitual en el pasado, hemos de ser conscientes de que la conciencia prolongada de impotencia y desamparo es nociva para el optimismo porque favorece los sentimientos de debilidad y fracaso. El sentimiento de impotencia alimentado por los hechos pasados socava la autoestima, consume la iniciativa y agota la esperanza creativa. Por eso creemos que establecer la residencia habitual en el pasado es condenarse al sufrimiento eterno y puede ser el mayor error que un ser humano pueda cometer en vida.

Los beneficios de la fuerza del optimismo

La fuerza del optimismo favorece la predisposición para la iniciativa y el riesgo; ayuda a resistir ante el sufrimiento físico y a persistir en el empeño para conseguir un triunfo. No cabe duda de que la esperanza de una victoria alimenta el esfuerzo, la seguridad y el coraje ante la amenaza de una derrota. Por lo tanto, el optimismo eleva las posibilidades del éxito. Aunque la prudencia, la cautela y la objetividad no son cualidades incompatibles con el optimismo, incluso cuando el optimismo es claramente ilusorio, puede ayudar a cruzar un campo minado con serenidad. Un náufrago puede considerar su desdicha como una condena y adelantar los acontecimientos. O puede pensar que es un navegante en dificultad que concentra todo su empeño en superar los retos para poder contar sus hazañas a las generaciones venideras.

La fuerza del optimismo nos ayuda a vivir sin rencor en un mundo lleno de resentidos, de gente atrapada en su pasado, de individuos que viven pensando solo en la venganza. El optimismo favorece el entusiasmo después de sufrir alguna calamidad; predispone para restablecer la paz interior y anima a pasar páginas a fin de abrirse de nuevo al mundo por descubrir. La fuerza del optimismo nos permite caminar en la fragilidad.

La programación positiva

Muchos pensadores coinciden en que la programación positiva requiere identificar la meta y los pasos para conseguir el objetivo deseado. Nadie duda que incluso los peores avatares de la vida se hacen más llevaderos cuando contamos con la perspectiva que da conocer sus causas, sus efectos y sus posibles remedios. Siendo consciente de lo que somos y hacia donde queremos llegar, podemos establecer los pilares básicos que serán los puntos de apoyo para nuestra opción fundamental. Si sabemos hacia dónde vamos, podemos repasar nuestro ayer con generosidad y no nos costará reconciliarnos pacíficamente con los conflictos que no pudimos resolver, ni con los errores que no pudimos rectificar, ni con las oportunidades que conscientemente perdimos.

Estamos de acuerdo en que nadie debe llevar a cabo una programación positiva si todavía tiene heridas por sanar. No podemos seguir abriendo puertas si antes no hemos cerrado las que no deberían estar abiertas. No podemos iniciar un nuevo camino si todavía tenemos la vista en el ayer. No podemos avanzar si todavía tenemos fijados nuestros objetivos más inmediatos en el pasado. Los profesionales de la salud mental lo llaman “conflictos no resueltos” y aseguran que es muy difícil caminar en la fragilidad si previamente no hemos ordenado adecuadamente los hechos fundamentales de nuestra historia personal.

Una buena estrategia retroalimenta la fuerza del optimismo

Toda decisión estratégica coordina tres ejes: el tiempo, el espacio y las energías materiales y espirituales que definen cada situación. El espacio es el lugar donde desarrollamos todas las acciones que llevan a dirimir cuál de las voluntades opuestas prevalecerá. Es imprescindible elegir bien el espacio vital. No conviene invertir esfuerzos en campos en los que no tenemos una clara ventaja estratégica. Incluso cuando tengamos esa ventaja, hay que evaluar si realmente merece la pena gastar nuestras energías en ese proyecto y si contamos con el tiempo suficiente para ejecutarlo y rematarlo hábilmente.

Algunas personas viven como si el tiempo no tuviera su precio en el mercado vital. Se olvidan que todo lo que hacemos y somos se encuentra enmarcado en un tiempo determinado.

Para algunos, desde el momento de nuestra concepción empieza la cuenta atrás: en cualquier momento puede parar nuestro reloj vital. Quienes piensan de esta forma tienden a tener sus cuentas equilibradas día a día, y son conscientes de que cada día tiene sus afanes. Procuran tener el equipaje preparado por si acaso hay que emprender un viaje imprevisto.

Para otros, con el alumbramiento se abre un tiempo casi indefinido hacia el futuro. Miden sus proyectos en función al futuro y a su proceso biológico. Suelen decir que tienen todo el tiempo del mundo para realizar sus sueños, y no dudan en aplazar sus decisiones y compromisos. Aunque aparentemente viven lejos de la agitación del tiempo, en su interior no sienten armonía porque no tienen sus cuentas actualizadas. A menudo se ven sorprendidos por un viaje imprevisto y son testigos de la ausencia de serenidad en su camino al tener que hacer todo a última hora.

miércoles, 12 de marzo de 2025

La teoría de la hibernación

Hace un par de años me llamó un amigo que hacía tiempo que no se comunicaba conmigo. Cuando le pregunté por qué no había contestado a los mensajes que le fui dejando en su buzón de voz, me contestó que había estado hibernando. Me quedé pensando sobre la teoría de la hibernación aplicada a nuestra vida cotidiana y me di cuenta que la hibernación es un recurso frecuente en el ámbito sanitario e informático, y no tiene nada qué ver con el aislamiento de quien se encuentra deprimido. La hibernación es una estrategia que se aplica conscientemente para conseguir beneficios al mínimo desgaste.

¿Qué es la hibernación?

La teoría de la hibernación
Los diccionarios suelen definir la hibernación como un estado de aletargamiento con disminución general de las funciones metabólicas y temperaturas a que están sujetos algunos animales durante la estación invernal. La hibernación puede aplicarse también a la reducción de las funciones orgánicas por medio de sustancias químicas. Un paciente hiberna con intervenciones anestésicas o terapéuticas en espera de una cura. La hibernación es un estado de tránsito comparable al coma inducido para que el cerebro gaste la menos energía posible a la espera de que los demás órganos se recuperen sin la presión del corazón agobiado y desesperado que continuamente lanza mensajes de socorro sin respuestas. Es lo mismo que hacen los psiquiatras cuando nos encuentran angustiosos y presionados. Nos recetan fármacos para calmar temporalmente la angustia depresiva mientras recuperamos el equilibrio vital.

En el campo informático, hibernar un ordenador es apagarlo pero guardando en el disco duro la información sobre el estado en que se encuentra nuestro trabajo para poder reanudarlo en el mismo punto cuando estemos disponibles para seguir trabajando. Según el fabricante de los ordenadores, cuando el equipo se pone en hibernación, la información de la memoria se guarda en el disco duro. Cuando vuelve a encenderse el equipo, todos los programas y documentos que estaban abiertos en el momento de la hibernación se restauran en el escritorio. Es decir que durante la hibernación se guarda la información con seguridad en el estado en que se encuentra y no se gasta la energía. Esto no ocurre con la suspensión Suspender el equipo es dejarlo en estado de bajo consumo, permitiendo al usuario reactivarlo con un simple movimiento del ratón o pulsando cualquier tecla. Según el fabricante de los ordenadores, es aconsejable guardar el trabajo antes de poner el equipo en suspensión porque mientras el equipo está suspendido la información no se guarda en el disco duro. Si hubiera alguna interrupción en el suministro eléctrico, la información de la memoria se perdería. Es decir que la suspensión gasta energía y no asegura que los datos estén a salvo durante ese estado. De ahí que en caso de necesidad sea preferible la hibernación: gastar menos energía sin renunciar o poner en peligro los logros adquiridos.

Diferencia entre hibernación y suspensión

Podemos concluir que la diferencia entre hibernación y suspensión está en la cantidad de energía que se gasta. La hibernación no gasta nada. La suspensión gasta lo imprescindible para que no se pierda la información pero no es de fiar. Tanto la hibernación como la suspensión provocan situaciones similares a las que provocan el invernar (pasar el invierno en algún lugar, en especial animales como las golondrinas). Hibernar es un término que se puede confundir con invernadero pero no significa lo mismo: mientras que la hibernación supone ahorro de energía, el invernadero es un lugar preparado artificialmente para cultivar las plantas fuera de su ambiente y clima habituales, provocando graves alteraciones en el ecosistema por su elevado coste energético.

¿Cuándo debemos hibernar?

Cuando uno se encuentra muy agobiado y la angustia persiste, es mejor hibernar durante un tiempo. Hibernando, no gastará energía y no hará daño ni a sí mismo ni a los demás. Es una estrategia parecida a la supervivencia de las tortugas durante el invierno europeo: en lugar de poner sus vidas en peligro luchando desesperadamente contra las adversidades invernales, las tortugas se retiran bajo tierra a un lugar seguro a la espera del buen tiempo. Habrá quienes las llamen cobardes y prefieran tal vez la metamorfosis de las serpientes. Pero la metamorfosis no es supervivencia; es tal vez cambiar de imagen, convertirse en algo o en alguien diferente, y para quienes tengan el registro memorial muy activo no es rentable ni aconsejable intentar convertirse en otro en tan poco tiempo y con tan pocos recursos.

Ventajas de la hibernación

En términos humanos, hibernar es un estado vital que puede ser útil para reorganizar o reajustar nuestros estados existenciales sin gastar mucha energía. Cuando el estrés se hace insoportable, cuando el desgaste psicológico es más que evidente, hay que hibernar durante un tiempo mientras se reajustan todos nuestros recursos de supervivencia. Hay que saber retirarse un tiempo mientras pasa la tempestad. Si no te sientes preparado para enfrentarte a una situación problemática, tómate un descanso. No te dediques a gastar tus energías inútilmente. No libres una batalla si de antemano sabes que no la vas a ganar. Si puedes ahorrar energía, hazlo. Es más que seguro que necesites tirar de ese ahorro más de una vez. Ahorrar energía no es más que equilibrar tus fuerzas vitales, evitar proyectos estériles y situaciones que no aportan nada a tu riqueza interior. Se ahorra energía evitando dar vueltas a la misma situación, procurando no implicarse demasiado en elucubraciones que no se fundan en la realidad.

Te aconsejo hibernar cuando te veas al borde del colapso vital

Si entras en un edificio de varios pisos y no sabes a qué piso te diriges, lo más normal es que empieces preguntando a los que viven en los pisos inferiores. Seguro que habrá quienes prefieran empezar por arriba porque creen que es mejor gastar más energía al principio de cada tarea. Pero sabemos que los corredores de fondo gastan menos energía al comienzo de la carrera. Al principio suelen ser los últimos de la fila. No se ponen nerviosos porque conocen sus fuerzas. Y a medida que avanza la carrera se van adelantando a sus compañeros con el asombro de los espectadores. Su secreto está en la confianza en sí mismos. Saben cuándo hay que gastar más energía, cuándo hay que descansar y cuándo hay que mantener el ritmo. Traslademos, pues, ese espíritu a nuestras preocupaciones habituales. Evitemos el desgaste psicológico sin necesidad. Identifiquemos la fuente de nuestro agobio para poder aislarla mientras buscamos tranquilamente cómo combatirla. Procuremos permanecer en el estrés el menor tiempo posible. Midamos nuestras fuerzas reales para poder repartirlas con equilibrio. Hibernemos cuando nos veamos al borde del colapso vital.

Conclusiones

Hay que saber retirarse un tiempo mientras pasa la tempestad. Si no te sientes preparado para enfrentarte a una situación problemática, tómate un descanso. No te dediques a gastar tus energías inútilmente. No libres una batalla si de antemano sabes que no la vas a ganar. Si puedes ahorrar energía, hazlo. Recuerda cuál es el secreto de la vida y no te olvides que caminamos en la fragilidad.